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No recuerdo haber mostrado en toda mi dulce y tierna infancia, el más mínimo interés ni por la lectura ni por la escritura. Es más, evoco con melancolía y cierta desesperación aquellos terribles lunes en los que nuestra profesora de Lengua se empeñaba en saber qué demonios habíamos estado haciendo todo el fin de semana, sometiéndonos a una terrible extorsión lingüística por escrito, también conocida, en círculos docentes bien documentados, como redacción. Si en mi etapa escolar leí algún libro, fue siempre por obligación. No recuerdo ningún título en particular; tal vez “Platero y yo”, pero soy incapaz de argumentar de qué iba, salvo que había un niño y un burro enzarzados en una extraña relación. Esta carencia de evocaciones escritas en mis primeros años de vida, demostró clínicamente que la formación de mi masa encefálica fue un proceso lento pero constante, afectado negativamente por la ingesta de bocadillos de mantequilla y sobrasada que hubieran podido lubricar centenares de culos
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